LAS ELECCIONES LEGISLATIVAS EN SALTA O EL APAREAMIENTO DE LOS BÚFALOS

Búfalos
Búfalos

Por Luis Caro Figueroa. 13 de mayo. Desde hace algunos años han empezado a proliferar entre nosotros las «consultoras políticas», unas pequeñas pero ambiciosas organizaciones que aspiran a monopolizar el conocimiento de la realidad política y a erigirse en supremos intérpretes de las preferencias y las necesidades de los ciudadanos.

Con un poco de astucia y mucho de marketing, algunas de estas «consultoras» , nacidas al calor de la necesidad de hacer rentable una actividad académica que muy poco lo era, han logrado que los políticos las escuchen y que sus -a menudo- banales conclusiones sobre la realidad política (sobre lo que ellos suponen  que es la realidad política) resulten poco menos que imprescindibles para nuestros dirigentes a la hora de adoptar sus decisiones.

La gran mayoría de ellas carece de un soporte intelectual sólido y las que consideran necesario disponer de tal soporte, en vez de preocuparse por buscarlo en institutos universitarios, en redes internacionales o en centros de estudio de prestigio, prefieren cobijarse bajo la sombrilla de algún gurú mediterráneo de la comunicación política, especialista en solemnizar lo obvio y en embelesar a los incautos con frases huecas y lugares comunes elevados a la categoría de verdades irrefutables.

Podrían tener mucho más éxito del que tienen de no ser por dos pequeños detalles: el primero, la baja calidad de los recursos humanos de nuestra política; el segundo, la inexplicable vitalidad de ciertos rituales y comportamientos preelectorales lugareños.

Para todos unos señores consultores políticos debe resultar difícil modelar la realidad política y traducir en «outputs»  concretos las demandas, preferencias y necesidades ciudadanas para unos candidatos de tan baja cualificación personal y tan escaso calado político. Pero éste quizá sea un desafío añadido a su tarea y, como tal, hay que respetarlo.
Sin embargo, es razonable pensar que muchos de estos empeñosos consultores experimentan una suerte de bofetada a su autoestima cuando un candidato determinado decide por las suyas dejar de lado las sofisticadas cuantificaciones y las minuciosas segmentaciones del electorado que ellos elaboran para, en cambio, organizar un locro popular, regalar zapatillas a los aborígenes o realizar gigantescos y muy poco segmentados actos-festivales de masiva convocatoria.

Con seguridad, más de uno de estos profesionales habrá sentido como un particular insulto a su inteligencia que el candidato en cuestión, en vez de seguir los guiones científicamente diseñados en sus asépticos gabinetes, prefiera, llegado el momento, vociferar disparatados discursos mientras lanza al micrófono una lluvia pestilente de restos de acullico mezclado con vino tinto.

Muchos candidatos, pocas propuestas, ninguna idea

A cinco meses de la celebración de elecciones legislativas -es decir, con muchísima antelación a la fecha legal de comienzo de la campaña electoral- la danza de nombres y las campañas encubiertas han dado comienzo en Salta.
El espectáculo se parece mucho al de una manada de búfalos macho pavoneándose con descaro frente a un hatajo de hembras anhelantes que esperan al ejemplar más fuerte para consumar el apareamiento de la temporada.
Tras las cornadas correspondientes entre unos y otros machos, solo unos pocos podrán llegar a concretar su propósito. Los que pierdan su oportunidad en los rituales de cortejo se retirarán silenciosamente a la sabana, como siempre. Pero lo harán sabiendo que con un poco de insistencia o, si acaso, con algo más de ubicuidad, la próxima ocasión podría ser la suya.

Igual que los búfalos, los candidatos lanzados en Salta tienen todas sus esperanzas depositadas en la naturaleza. Pedirles ideas y pensamientos es como pedirle a una bestia a punto de copular que explique las razones y los fundamentos de su instinto.
Los «consultores políticos» , que de algún modo intentan amortiguar esta irracionalidad, les han convencido de que tienen que efectuar propuestas. Y propuestas, claro está, no faltan ni faltarán.
Les han convencido también de que, bien empaquetadas, las propuestas pueden pasar por ideas y llenar el vacío que la falta de estas produce; que anticipar los proyectos que un candidato se propone concretar, por muy descabellados que sean, puede llegar a convencer a los electores de que el postulante tiene en realidad algo en la cabeza para ofrecer a sus semejantes.

Ninguno sin embargo tiene ideas, porque estas -que existen, y no hay por qué dudar de ello- ya están elaboradas de antemano: por las ideologías, por las doctrinas, por la pertenencia a una clase o a una secta religiosa. Pero nunca por los candidatos y menos por sus partidos. Simplemente, porque no pueden.

El debate que se avecina

Por tanto, el debate que se insinúa para los próximos meses (idéntico al debate preelectoral de los últimos 67 años en Salta) es un debate que gira mayormente sobre nombres y, en mucha menor medida, sobre propuestas.

Se discutirá si el Rally Dakar 2017 pasará por Horcones o por San José de Orquera; si en el Aeropuerto de Salta aterrizarán 35 o 42 aviones por semana; si los asentamientos miserables de la periferia tendrán cordón cuneta en 5 o en 7 años; si el próximo Fraude de Reparación Histórica (FRH) se realizará en Olacapato y San Antonio de los Cobres o en Iruya y Santa Victoria; si los niños de nuestras escuelas deberán flexionar sus rodillas en los desfiles ante la familia Urtubey, la familia Romero o la familia Olmedo; si los aviones de la Provincia trasladarán a unas o a otras familias a casamientos y espectáculos deportivos; y así hasta el infinito.

Es decir, que todo parece milimétricamente diseñado para que esta sociedad se siga aferrando a los cimientos de la desigualdad y que se vea cada día más expulsada del mundo, por los próximos veinticinco años. Para una gran mayoría -excepto quizá para la izquierda más radical y para los liberales más convencidos, grupos ultraminoritarios ambos- no hay razones para abandonar estas dos poderosas señas de identidad de los salteños.

Objetivos como este merecen seguramente que se inmolen nuestro mejores hombres y mujeres.
Pero dejemos que sean nuestros más ilustrados «consultores políticos»  los que les enciendan la mecha.
(Fuente: Iruya.com)

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